El último vestuario

De gurí lo conoces, entras y miras para todos lados hasta que encontras tu lugar. De gurí te toca cambiarte en un vestuario con 25 o 30 gurises que después pasan a ser adolescentes hasta que se convierten en hombres. Todos o casi todos los días. El vestuario es un mundo dentro de otro mundo, las paredes son las murallas y para entrar es por la puerta, si sos nuevo dale de a poco. Entrar al vestuario es bravo, ni te digo si no sos jugador, yo que vos ni me arrimo.   Se juntan 30 realidades, 30 emociones diferentes, 30 tipos que se miran a los ojos (o no), se bancan los olores, los dolores, lo malo (predomina lo malo) y lo bueno que siempre se disfruta mucho más. Somos seres rutinarios, el vestuario no es la excepción. Entras casi siempre al mismo horario, saludas de la misma forma, tenes tu lugar, tus compañeros de banco, tu canasto. Ese lugar es mucho más que un banco sucio y frío. Es tu lugar en el vestuario. Ahí te conocen por tu nombre y apellido, saben tu apodo, saben de dónde venís y para dónde queres ir, saben si tenes un buen día o si dormiste mal, saben tu situación sentimental (a veces demasiado), en el vestuario saben. Despedirte del vestuario es fuerte, las sensaciones viajan en montaña rusa.  Despedirte son miradas que hablan más que cartas o audios de whatsapp, despedirte son abrazos fuertes que te gritan al oído. Un día te despedís y te das cuenta que es el último vestuario. Si no sos jugador, yo que vos ni me arrimo.

 

Martín Monroy